miércoles, 20 de mayo de 2009

Inocencia

Una foto color sepia hubiese retratado de manera casi perfecta las casas de adobe, los techos de cañas y las calles de tierra que conforman el paisaje de Yavi, un pueblito a pocos kilómetros de La Quiaca en la frontera con Bolivia. Podría decirse que sus habitantes no viven allí y que sólo el cantar de los pájaros rompe el silencio. Sin embargo, luego de recorrer las calles empecé a darme cuenta que no estaba sola y que alguien estaba al tanto de mi presencia.
La desolación aparente se interrumpió cuando empezaron a aparecer entre las cañas de azúcar algunos niños. Como duendes salidos de un cuento de hadas se escondían entre las plantas y me espiaban. Algunos asomaban sus cabezas y sólo sus risas me guiaban hasta ellos. Otros bajaban corriendo por una loma gritando y persiguiendo a las gallinas y cabritos. Creo que los adultos dormían la siesta, el calor era agobiante y no había otra manera de soportarlo.
Sin embargo, en medio de esos tonos color tierra descubrí de repente un contraste increíble entre el cielo azul y dos de esos niños. Marilin y Jonathan eran sus nombres. Muy sigilosamente los pequeños empezaron a acercarse. Primero me preguntaron mi nombre, después dónde vivía y si tenían que llamarme señora o señorita. A los pocos minutos de conocernos ya se sentían en plena confianza como si yo fuese una prima lejana que hacía mucho tiempo que no veían.
Me preguntaron de qué se trataba el libro que estaba leyendo; les conté que era una novela escrita por un tal Ray Bradbury donde se habla de un bombero quemaba libros. A pesar de mis explicaciones, no podían entender que yo estuviese leyendo un libro en el cual los bomberos los quemaban y mucho menos cómo me había echo de uno.
-¿Usted señorita escondió este libro para que no lo quemen y así poder leerlo ahora?-, me dijo asombrado uno de los niños.
Al caer el sol mis nuevos amigos volvieron con su madre y yo retomé mi camino. Después de cuatro horas en Yavi sabía que el recuerdo de ese lugar no estaría en las casitas de barro, la iglesia o sus misteriosas calles, sino en la inocencia de estos dos niños que conocí un día paseando por el altiplano.

viernes, 18 de enero de 2008

Turismo de masas


Una típica postal de Mar del Plata – ciudad ubicada a 400 kilómetros de Capital Federal- es la de los lobos marinos tallados en piedra en la rambla con el mar de fondo y el Hotel Provincial en el margen derecho de la foto. La zona está junto a la playa Bristol y no muy lejos del lugar donde se mató Alfonsina, a pocos metros de la peatonal San Martín.
Ciertos elementos componen el imaginario turista de una ciudad que brilla en verano y se vuelve fría y oscura en invierno. Los lobos, el Casino, los churros con dulce de leche de Manolo, los alfajores Havana son los favoritos de los gasoleros visitantes que llegan en temporada estival.
“Estalló el verano en La Feliz”, anuncia la pantalla roja de Crónica con la llegada de millones de turistas. En esa época del año la gente camina amontonada por el paseo en el que artistas y artesanos ganan alguna que otra moneda. Durante tres meses es insoportable vivir aquí. La invasión -aunque parezca exagerado- es total. No se puede ir a la playa, salir a los bares, transitar en auto por las calles.
¿Pero por qué la gente decide venir a Mar del Plata en verano? Practicar el turismo de masas -la masa es literalmente una melange de gente pisoteándose- podría ser una respuesta. Un destino económico podría ser otra. No lo sé. Ni me interesa. Una especie de tursimofobia me invade cuando llega el mes de enero y creo que sólo puede entenderme un marplatense o un solitario.



La bicicleta

Dos ruedas, un manubrio, un par de frenos y una bocina bien ruidosa era lo que único necesitaba para disfrutar un domingo junto a mi familia en la plaza Mitre. A los siete años los árboles son más altos, las cuadras más largas, los toboganes más empinados y las bicicletas más rápidas. Esquivar al pirulinero, al pochoclero, al heladero y al resto de los ciclistas era todo un desafío. A esa edad un porrazo contra las piedritas no era un raspón, tampoco valían las lágrimas y siempre había que levantarse sin que nadie se diera cuenta para estar de nuevo en carrera. Cuando había muchos chicos armábamos competencias que tenían como premio la sonrisa y un abrazo de los grandes.
Pasar de una bici con rueditas a una sin era sentir que estaba creciendo. Andar con mi mamá y mis hermanas en una de cuatro asientos era tratar de ir para el norte, sur, este y oeste a la vez sin llegar a ningún lado más que al piso. Frenar con los pies y no chocar contra ningún árbol era tener la confianza de mis dos hermanas más grandes.
Después de dar varias vueltas a la manzana y tomar agua del bebedero en cada frenada, una parada obligada era la calesita. Sentada en un elefante, un auto verde, una cebra, un caballo o un avión me sentía feliz y no quería que pasara el tiempo. El movimiento de la calesita era acompañado por una música alegre que aún recuerdo. En cada giro cruzaba los dedos y también los estiraba para poder arrancarle de la mano la sortija al calesitero y lograr dar otra vuelta, pero esta vez gratis.
Mis hermanos y yo cansados de hacer tantas cosas y no parar ni un minuto, nos sentábamos junto a mi papá y mi mamá en los bancos blancos y nos comíamos una manzana roja acaramelada o un algodón rosa de azúcar, de esos que dejan los dedos todos pegajosos. Muchas tardes pasábamos en la plaza, mis viejos trabajaban toda la semana y sabían que si estaba lindo si o si teníamos que ir a dar una vuelta.
Actualmente me basta con ver una bicicleta atada en algún poste de la vereda y acordarme de un momento feliz de mi infancia. A veces los recuerdos los obtengo mirando álbumes de fotos. Sin embargo, los domingos en la plaza los tengo presentes en mi cabeza cada vez que paso por allí y saco fotos a esa vieja calesita y, por supuesto, a las bicicletas.