viernes, 18 de enero de 2008

La bicicleta

Dos ruedas, un manubrio, un par de frenos y una bocina bien ruidosa era lo que único necesitaba para disfrutar un domingo junto a mi familia en la plaza Mitre. A los siete años los árboles son más altos, las cuadras más largas, los toboganes más empinados y las bicicletas más rápidas. Esquivar al pirulinero, al pochoclero, al heladero y al resto de los ciclistas era todo un desafío. A esa edad un porrazo contra las piedritas no era un raspón, tampoco valían las lágrimas y siempre había que levantarse sin que nadie se diera cuenta para estar de nuevo en carrera. Cuando había muchos chicos armábamos competencias que tenían como premio la sonrisa y un abrazo de los grandes.
Pasar de una bici con rueditas a una sin era sentir que estaba creciendo. Andar con mi mamá y mis hermanas en una de cuatro asientos era tratar de ir para el norte, sur, este y oeste a la vez sin llegar a ningún lado más que al piso. Frenar con los pies y no chocar contra ningún árbol era tener la confianza de mis dos hermanas más grandes.
Después de dar varias vueltas a la manzana y tomar agua del bebedero en cada frenada, una parada obligada era la calesita. Sentada en un elefante, un auto verde, una cebra, un caballo o un avión me sentía feliz y no quería que pasara el tiempo. El movimiento de la calesita era acompañado por una música alegre que aún recuerdo. En cada giro cruzaba los dedos y también los estiraba para poder arrancarle de la mano la sortija al calesitero y lograr dar otra vuelta, pero esta vez gratis.
Mis hermanos y yo cansados de hacer tantas cosas y no parar ni un minuto, nos sentábamos junto a mi papá y mi mamá en los bancos blancos y nos comíamos una manzana roja acaramelada o un algodón rosa de azúcar, de esos que dejan los dedos todos pegajosos. Muchas tardes pasábamos en la plaza, mis viejos trabajaban toda la semana y sabían que si estaba lindo si o si teníamos que ir a dar una vuelta.
Actualmente me basta con ver una bicicleta atada en algún poste de la vereda y acordarme de un momento feliz de mi infancia. A veces los recuerdos los obtengo mirando álbumes de fotos. Sin embargo, los domingos en la plaza los tengo presentes en mi cabeza cada vez que paso por allí y saco fotos a esa vieja calesita y, por supuesto, a las bicicletas.

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