viernes, 18 de enero de 2008

Turismo de masas


Una típica postal de Mar del Plata – ciudad ubicada a 400 kilómetros de Capital Federal- es la de los lobos marinos tallados en piedra en la rambla con el mar de fondo y el Hotel Provincial en el margen derecho de la foto. La zona está junto a la playa Bristol y no muy lejos del lugar donde se mató Alfonsina, a pocos metros de la peatonal San Martín.
Ciertos elementos componen el imaginario turista de una ciudad que brilla en verano y se vuelve fría y oscura en invierno. Los lobos, el Casino, los churros con dulce de leche de Manolo, los alfajores Havana son los favoritos de los gasoleros visitantes que llegan en temporada estival.
“Estalló el verano en La Feliz”, anuncia la pantalla roja de Crónica con la llegada de millones de turistas. En esa época del año la gente camina amontonada por el paseo en el que artistas y artesanos ganan alguna que otra moneda. Durante tres meses es insoportable vivir aquí. La invasión -aunque parezca exagerado- es total. No se puede ir a la playa, salir a los bares, transitar en auto por las calles.
¿Pero por qué la gente decide venir a Mar del Plata en verano? Practicar el turismo de masas -la masa es literalmente una melange de gente pisoteándose- podría ser una respuesta. Un destino económico podría ser otra. No lo sé. Ni me interesa. Una especie de tursimofobia me invade cuando llega el mes de enero y creo que sólo puede entenderme un marplatense o un solitario.



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