Una foto color sepia hubiese retratado de manera casi perfecta las casas de adobe, los techos de cañas y las calles de tierra que conforman el paisaje de Yavi, un pueblito a pocos kilómetros de La Quiaca en la frontera con Bolivia. Podría decirse que sus habitantes no viven allí y que sólo el cantar de los pájaros rompe el silencio. Sin embargo, luego de recorrer las calles empecé a darme cuenta que no estaba sola y que alguien estaba al tanto de mi presencia.
La desolación aparente se interrumpió cuando empezaron a aparecer entre las cañas de azúcar algunos niños. Como duendes salidos de un cuento de hadas se escondían entre las plantas y me espiaban. Algunos asomaban sus cabezas y sólo sus risas me guiaban hasta ellos. Otros bajaban corriendo por una loma gritando y persiguiendo a las gallinas y cabritos. Creo que los adultos dormían la siesta, el calor era agobiante y no había otra manera de soportarlo.
Sin embargo, en medio de esos tonos color tierra descubrí de repente un contraste increíble entre el cielo azul y dos de esos niños. Marilin y Jonathan eran sus nombres. Muy sigilosamente los pequeños empezaron a acercarse. Primero me preguntaron mi nombre, después dónde vivía y si tenían que llamarme señora o señorita. A los pocos minutos de conocernos ya se sentían en plena confianza como si yo fuese una prima lejana que hacía mucho tiempo que no veían.
Me preguntaron de qué se trataba el libro que estaba leyendo; les conté que era una novela escrita por un tal Ray Bradbury donde se habla de un bombero quemaba libros. A pesar de mis explicaciones, no podían entender que yo estuviese leyendo un libro en el cual los bomberos los quemaban y mucho menos cómo me había echo de uno.
-¿Usted señorita escondió este libro para que no lo quemen y así poder leerlo ahora?-, me dijo asombrado uno de los niños.
Al caer el sol mis nuevos amigos volvieron con su madre y yo retomé mi camino. Después de cuatro horas en Yavi sabía que el recuerdo de ese lugar no estaría en las casitas de barro, la iglesia o sus misteriosas calles, sino en la inocencia de estos dos niños que conocí un día paseando por el altiplano.
La desolación aparente se interrumpió cuando empezaron a aparecer entre las cañas de azúcar algunos niños. Como duendes salidos de un cuento de hadas se escondían entre las plantas y me espiaban. Algunos asomaban sus cabezas y sólo sus risas me guiaban hasta ellos. Otros bajaban corriendo por una loma gritando y persiguiendo a las gallinas y cabritos. Creo que los adultos dormían la siesta, el calor era agobiante y no había otra manera de soportarlo.
Sin embargo, en medio de esos tonos color tierra descubrí de repente un contraste increíble entre el cielo azul y dos de esos niños. Marilin y Jonathan eran sus nombres. Muy sigilosamente los pequeños empezaron a acercarse. Primero me preguntaron mi nombre, después dónde vivía y si tenían que llamarme señora o señorita. A los pocos minutos de conocernos ya se sentían en plena confianza como si yo fuese una prima lejana que hacía mucho tiempo que no veían.
Me preguntaron de qué se trataba el libro que estaba leyendo; les conté que era una novela escrita por un tal Ray Bradbury donde se habla de un bombero quemaba libros. A pesar de mis explicaciones, no podían entender que yo estuviese leyendo un libro en el cual los bomberos los quemaban y mucho menos cómo me había echo de uno.
-¿Usted señorita escondió este libro para que no lo quemen y así poder leerlo ahora?-, me dijo asombrado uno de los niños.
Al caer el sol mis nuevos amigos volvieron con su madre y yo retomé mi camino. Después de cuatro horas en Yavi sabía que el recuerdo de ese lugar no estaría en las casitas de barro, la iglesia o sus misteriosas calles, sino en la inocencia de estos dos niños que conocí un día paseando por el altiplano.
